ENTREVISTA

Marc Buckley, defensor oficial de los ODS: “Las innovaciones de impacto son las que ponen al Planeta en la dirección adecuada”

Miembro de la Red de Expertos en Alimentos y Bebidas del Foro Económico Mundial, defensor oficial de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU y embajador del Future Food Institute, Marc Buckley ostenta tantos cargos de movimientos y organismos internacionales que es difícil elegir uno solo para presentarlo

Fue uno de los primeros oradores sobre el cambio climático entrenados por Al Gore, y ahora se dedica a dar conferencias por el mundo y a alentar un cambio, sobre todo desde el sector privado, para combatir la emergencia climática. La transformación radical de la industria alimentaria hacia modelos de negocio que tengan en cuenta los límites de la biosfera es, a juicio de Buckley, una de las claves para resolver esta crisis planetaria.

A su paso por Madrid para participar en el encuentro internacional Sustainable Brands, Ciudad Sostenible ha podido conversar con él sobre las iniciativas que son necesarias para resolver a tiempo los principales retos a los que nos enfrentamos como sociedad global.

Incide en la importancia de fomentar iniciativas suficientemente transformadoras. ¿A qué tipo de iniciativas se refiere?

Hay start-ups y empresas que idean nuevas formas de hacer las cosas para resolver grandes desafíos globales. Eso es lo que quiero decir cuando hablo de iniciativas transformadoras, a las “innovaciones de impacto”. Son aquellas que solucionan los problemas de al menos 250 personas. Por ejemplo, la refrigeración sin electricidad, las gafas de un dólar (OneDollarGlasses), la nueva tecnología blockchain para reducir la pobreza o para la cadena de suministro en la industria alimentaria… Son modelos de negocio que ponen el planeta en la dirección adecuada. Ahora, muchas de las soluciones que se proponen están anticuadas, y se asientan sobre los modelos de negocio de la revolución industrial. No son suficientemente eficientes, están muy compartimentadas y son incrementales. Esos modelos nunca podrán seguir el ritmo de el planeta en crecimiento exponencial y con acciones compartimentadas.

¿Hasta qué punto tenemos los recursos materiales para crear esas soluciones tecnológicas por las que aboga?

Hemos visto mucha innovación en la industria de la aviación, por ejemplo. Muchas compañías han apostado por el vuelo eléctrico y se parece al viejo tipo de avión pero ahora vemos a estos taxis aéreos y estas cosas nuevas que son libres de emisiones que funcionan con aspas, como los drones, por ejemplo. Hay cosas que están surgiendo, a través de las tecnologías emergentes, que incorporan materiales más ligeros para ser más eficientes, y que consiguen funcionar mucho más tiempo y más lejos sin generar emisiones. Pero también hay que tener en cuenta lo que ya hemos creado a partir de esos materiales. No debemos tirarlos, sino reciclarlos y reutilizarlos. Se trata de retirar los motores de combustión y aplicar esta otra tecnología que no es perjudicial en nuestro planeta. Pero volver a las raíces y no hacer nada con la tecnología emergente no es la solución. Eso se queda en un solo lugar. Hay que adoptar las tecnologías emergentes y las innovaciones, pero hacerlo de una manera diferente. Se habla de la energía que precisan los centros de datos y blockchain, por ejemplo, porque para llevar acabo todo ese poder de computación se emplea una enorme cantidad de energía. Pero eso es porque todavía están funcionando con un viejo modelo de negocio que hace que la producción de ese centro de datos se haga con combustibles fósiles y se desperdicie mucha energía.

¿Qué tal si usan energía renovable, con baterías de back-up, y que, antes de almacenarla, crean tecnología verde? Entonces no sólo estaríamos dejando de dañar el medio ambiente, sino que también estamos empezando a vivir en el futuro y hacer las cosas de manera más eficiente. La cuestión no es lo que produciremos en el futuro —qué comida, qué vehículos, etcétera— sino cómo produciremos en el futuro. Eso es lo realmente importante. Tenemos que hacerlo con tecnología verde y sin dañar nuestros recursos finitos.

La FAO dice que no ha habido apenas avances desde 2015 en la reducción del hambre. ¿Podríamos en este punto, con esas soluciones tecnológicas, acabar con la malnutrición?

Sí. Se trata de educación. La mejor manera de verlo es comprender que una cuarta parte de todo lo que se desperdicia en la industria alimentaria es suficiente para alimentar a todos los que están hambrientos o desnutridos en el planeta. Pero lo más importante es que la industria agrícola, de alimentos y bebidas es la principal creadora de emisiones de gases de efecto invernadero en nuestro planeta. Además, de todo lo que procesan, desperdician un 30% antes de que llegue al consumidor.

La agricultura es la economía más antigua del mundo, y la más exitosa. En torno a ella se han construido las ciudades, las infraestructuras, las culturas… Pero también es la que tiene un mayor impacto. En cuanto empezamos a mover rocas, a talar árboles, a hacer monocultivo, a mecanizar y a automatizar, la industria ha conllevado el mayor impacto sobre nuestro planeta.

Sin embargo, además de nuestro mayor problema —creador de emisiones de gases de efecto invernadero, obesidad, desnutrición, y diabetes en el mundo— también es nuestra mayor solución. Si reformamos los alimentos a nivel mundial y repensamos cómo producimos, podemos resolver el problema de manera exponencial. Porque ha sido probado como un modelo exitoso en el pasado, y no es uno que crea burbujas. Desde 2008, la industria de la agricultura, de la alimentación y las bebidas no se ha visto afectada. Ha crecido 99.000 millones de dólares estadounidenses cada año. Sin parar. Es donde la mayoría de la gente pone su dinero, es la economía y la industria más exitosa del mundo. Pero todavía está atrapada en la revolución industrial. Es la industria que contrata a gente con menos preparación, es la menos técnica y digitalizada del mundo. Si cambiamos el interruptor y la reformamos a nivel global para que sea la industria más poderosa con la tecnología y educación más limpias, entonces podemos resolver el problema.

Pero, ¿cómo cambiar toda una industria? ¿Cómo decirle al estadounidense o español medio que deje de comer carne, por ejemplo?

Volverse vegetariano o adoptar una dieta basada mayoritariamente en vegetales es sólo una pequeña parte de lo mucho que hay que hacer… Deberíamos reducir el desperdicio de alimentos, además de ir abrumadoramente hacia una dieta basada en plantas, pero sobre todo repensar la forma en que producimos. Un problema es la diversidad: el 75% de la dieta mundial está compuesta por 12 especies de plantas y 5 especies de animales. Esa no es una dieta diversa para el mundo, y no nos conviene, si algo sale mal con el cambio climático, por ejemplo. Otro problema de diversidad es que hay 10 grandes compañías en el mundo que poseen más del 85% de todas las marcas del mundo. Pepsi, Coca-Cola, Unilever, Nestlé…. son dueños de la mayoría de las marcas del mundo y esos productos no son saludables o buenos para nadie. Y estamos poniendo la mayor parte de nuestra fuente de energía más vital que sostiene a la humanidad en las manos de 10 grandes empresas.

La solución tiene más que ver con las organizaciones de comercio mundial, no tanto con los gobiernos. Más bien con cómo producen esas 10 principales empresas. Pero esas compañías también están cambiando porque los modelos de negocio están cambiando. Y ya hay miles de empresas que vienen a disrumpir los modelos. No es una rebelión, sino un movimiento de tipo empresarial en el que las pequeñas y medianas empresas están entrando y revolucionando toda la industria alimentaria. La respuesta está en esa conciencia de cada individuo sobre cómo podemos afectar a la cadena globalmente y también sobre cómo comemos todos los días y cómo entendemos los alimentos.

Tenemos una década para cumplir la Agenda 2030. ¿Estamos a tiempo?

Sí. Totalmente. Te daré un ejemplo: en Alemania hay una empresa familiar que tradicionalmente ha comercializado con salchichas y otros productos cárnicos.  En 2013 dijeron «vamos a tratar de incluir alternativas vegetarianas para ver cómo va». En 2015 ya eran estables. No sólo podían utilizar su misma maquinaria, sino que era un mejor modelo de negocio y la respuesta que obtuvieron es que la gente amaba sus productos. La nueva línea era menos sedienta de recursos, y más fácil de hacer. Era una especie de comida de transición: este año, pensaron que ya hay suficientes empresas cárnicas, así que iban a dejar al resto de compañías a cargo de ello. Y para su negocio decidieron optar por una dieta 100% vegetal. No sólo es un mejor modelo de negocio, sino que se usan menos recursos finitos, menos agua, se puede producir mejor, con un precio de los productos que al final es mayor.  Ahora se están preparando para empezar a utilizar energías renovables y otros métodos para producir. Y están viendo un gran éxito. Estoy hablando de millones de euros.

Iniciativas así en Alemania, en Dinamarca y en Europa en general están muy bien. Pero a nivel global ¿qué efecto puede tener en la reducción de emisiones de GEI, mientras el resto siga por la senda de la agricultura industrial intensiva y la carne?

Para esos países es una cuestión de educación, para que se den cuenta de que es un muy mal modelo de negocio. Por ejemplo, Brasil y Argentina producen mucha carne, pero no para el consumo de Brasil y de Argentina: sino para el de otros países. Y no están vendiendo sus productos al verdadero coste que les está acarreando no sólo para el planeta, sino también para ellos mismos, por su propia mano de obra y producción. Pero esto es sólo hasta que se den cuenta de que ese desequilibrio ambiental que están consiguiendo con lo que están haciendo por las ganancias de otro país no les compensa. Al final ellos sólo se quedan con todas las emisiones de metano, que básicamente es la mierda. Se quedan atascados con el metano que está arruinando sus suelos, con los contaminantes del aire…. A la larga obtienen un retorno muy negativo. Es un mal modelo de negocio y es muy a corto plazo.

Y al final puedes resignarte y esperar hasta que se acabe, hasta que se den cuenta de que no es la manera correcta de hacerlo, o puedes intervenir para educarlos, enseñarles los datos y los hechos científicos y decir «lo que estáis haciendo es un cortoplacismo tremendo». Incluso los EE.UU. lo hacen por el otro lado. Los EE.UU. dicen que como “a nosotros nos va bien con el clima”, “nos vamos a salir del Acuerdo de París, porque China y África van a incrementar sus emisiones y Argentina y Brasil van a seguir produciendo carne”… ¿Pero saben que mucha de esa carne va a los EE.UU.? Es una cosa muy perversa. Al final las compañías y los gobiernos saldrán severamente castigados.

Yo espero que haya un cambio más civilizado, con conocimiento e información. Y habrá quienes piensen: “pero nosotros no hemos tenido carbón, ni electricidad, ni combustibles fósiles, en mucho tiempo, ahora nos toca tenerlos”. Pero si podemos proporcionarles una mejor manera de producir, para que puedan tener su carne, su infraestructura, pero hacerlo de una mejor manera, si podemos mostrarles que hay un mejor modelo de negocio que no les hiere a largo plazo, entonces así es como conseguiremos el cambio.

Y cuando las grandes empresas como Google empiezan a ver que es un mejor modelo de negocio, entonces cambiarán rápidamente. Los gobiernos son muy lentos. Creemos que son ellos quienes pueden arreglar las cosas, pero no tienen la infraestructura. Las empresas son las que tienen las herramientas para hacer que los gobiernos logren la transición rápida necesaria, pero primero necesitan mostrar un ejemplo de que ese es un buen modelo de negocio.

No es Brasil o Argentina los que contaminan: son esas empresas. Los gobiernos venden los recursos a esos agricultores pero no tienen la infraestructura para cambiarlos. Nuestro mundo necesita ser concebido como sistemas. Todo está interconectado. Necesitamos entender cómo funcionan esos sistemas. Y mientras que en algunos lugares todavía se trata de educar y concienciar, en otros países ya hemos superado eso y ahora tenemos que actuar (texto: Marta Montojo. Foto: SB Madrid)

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